Verano 2024

 Tiempos de verdor. 


Las horas primeras a las nocturnas,  cuando el cielo enrojece todo,  como manto de verdad. Los cueros de los camioneros,  ya rojos desde ayer por el sol, es de Puto usar bloqueador. 

Mi verdad es sentirme como fruta verde,  agarrada fuerte a las ramas, y aunque sea dura la cáscara y agrio y tosco mi adentro,  ser verde, se siente vulnerable,  hay futuro y tengo miedo.  Cuando mi cáscara se ablande,  me sabré libre,  mi piel transparente dejará ver mi adentro cuando pegue el sol, y no tendré ya miedo a morir. 

Pero hoy estoy verde,  incluso más que ayer. Me agarro fuerte a mi idea,  pero con cualquier ventolera se me deshace,  y la armo de nuevo,  y viene otro viento,  y me canso.  Hoy viéndome los botines y sintiendo esa punta de acero,  me enteré que mi idea ya no me quedaba práctica y los botines me quedaban grandes. 

Y mirando una manada de camiones, y sintiendo la alergia de la cebada,  pensé, que era el momento de nacer,  luego pensé, que de todos modos no me quedaba de otra,  y que pretender haberlo elegido,  construiría entonces una persona pretenciosa,  lo que no me es práctico.  

Busco en los pliegues polvorientos de mi ropa,  entre la arpillera y entre las patas plásticas de la mesa.  Cualquier cosa que me sea útil. Los murmullos violentos de mis compañeros, traen restos de hostilidades que no dejaré pasar,  me endurecerían la piel. Que me atraviesen mejor,  y se vayan como si no hubieran venido,  eso sí me sería práctico. Se llamará: ignorancia,  egoísmo,  impunidad o complicidad, pero junto con los murmullos la culpa se me vá.

Y los pies se sintieron más pesados,  los hombros más leves y la cáscara más suave. 

Pero tengo el corazón endurecido aún,  lleno de una sustancia terca y bruta,  que me hace debil. Creer es de débiles, pretender,  agarrarse. Es de verdes.

Tendré que abandonar multitud de archivos de vidas románticas ideales.  Es la nafta que me trajo a trabajar hoy.  Es la que me mueve, estaría inclustada,  si no, en una cama.

Pero estoy acá sobre un monte,  creyendo. 

Busco en las mangas que aprietan esos brazos quemados de mis compañeros, busco en la arboleda y en los nidos de hornero, lo que me sirva de combustible.

Y al fondo sonó un folklore que me alivió un malestar que me había olvidado de padecer.  La coreografía de la cebada, las manos toscas y gruesas que se mueven acostumbradas,  la chapa de la máquina que se golpea,  5 minutos seguidos, los oídos también acostumbrados. Los pies contra el suelo de madera, levantando el grano y el polvo,  que acarician sus pieles aterciopeladas, son el mimo más recio que existe. Las miradas que se asienten y disienten intermitentemente,  ojos con ojos. La cebada con su sonido de lluvia,  acompasa el folklore que está por terminar. 

Estos son mis ojos verdes mirando, la curiosidad no es práctica,  ni el deseo,  ni la mirada apreciativa ni la búsqueda de la belleza. 

La obediencia lo es,  la obediencia con la que se mueven todas esas manos.  De tanta obediencia ya no tienen alergia,  ni pensamiento,  estos movimientos son casi involuntarios,  ajenos de esos cuerpos,  son libres. Involuntaria querría ser. 

Me acomodé un poco más en mi cuerpo, lo hice mío,  antes de regalarlo en aquellos movimientos.  Pensé por un momento,  quien vería entonces esta danza, como la gran belleza que es, toda esa montonera de brutos indiferentes de sí, impropios a las circunstancias que les rodean.  Quien vería la ternura oculta entre las ropas y los fierros. No hay espectador capacitado.

Espectar,  poco útil,  pero me lo quedo.

Dejo 100 gramos de deseo,  lo llevo a analizar. La curiosidad me la quedé casi toda, sobre la búsqueda de la belleza,  solo me quedé con la mitad, lo que me hace menos pretenciosa.  

Me voy agarrando idea y soltando de la rama.


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