Boceto, croquis, maqueta, retazo, pedazo, idea, idea de un comienzo de

 Leonel  

Poco se sabe de Leonel más que alguna que otra palabra con aire melancólico que sale de Sabina, y un dolor que aún no logro descifrar se le ve en el rostro, sus hombros se aflojan como si hiciera rato estuvieran sosteniendo algo, y larga un suspiro largo como un domingo. Cuesta quitarle esas palabras de la boca, aunque uno quiera preguntar, claro, uno nunca quiere ver esos ojos tristes. Pero cuando habla de aquel hombre por iniciativa propia, es casi siempre viendo alguno de los árboles del campo, como si estuviera también hablando con él, como si olvidara su larga ausencia, estos momentos se valoran en completo silencio y total escucha, un silencio sepulcral, podría decirse, esas historias se encuentran sólo dentro de ella, es único testigo de varios años de Leonel, y yo diría que de sus mejores, a de ser por eso que la garganta duele, cuando el pasado ha sido tan bello y el presente se ve en deterioro, volver, más que una cucharada de propóleo, se siente como una de arena, debe ser su soledad la que sostiene en los hombros, o todo eso que no dice, o todo eso que no quiere decir para no recordar. 




Una tarde que hacía mucho viento, las ramas de los árboles, incrustadas en troncos con ya varios anillos de años, se movían, bruscos a mi parecer como si advirtieran una tormenta, además, volaban en dirección a la casa, como si nos dijeran a donde ir, pero sabina no movió los pies, y empezó a hablar. A pesar del enriedo que el viento nos hacía en el pelo y que el frío se nos colaba entre la ropa, las nubes oscuras dejaron de atormentarnos y solo pudimos escuchar. Las ramas bailan como mi Leonel, dijo, bailan rápido y apurado, como sus pies cuando le quise enseñar a bailar, hizo una pausa y miró un rato más las ramas y vi en sus ojos que ya no las miraba a ellas, lo veía a él. 

A Leonel no le gustaba bailar, le gustaba escuchar tango, tenía una radio chiquita colaga en la mora, y ahí abajo se sentaba a escuchar, con los pies bien en la tierra, pero Sabina siempre fue inquieta y coqueta, él intentó varias veces seguirle el ritmo, su torso era como un tronco y sus extremidades se movían mucho más rápido que la música. Luego de un tiempo, dejó de intentar llevarle el ritmo, porque sus movimientos toscos hacían nacer la risa más bella que él había escuchado.


Se debe aclarar, que aunque de Leonel se hable como un santo, cosa que sucede con casi todos aquellos que se van, bien se sabe que era un hombre de un carácter particularmente ominoso, y que carecía muchas veces de aquello que llamamos prudencia, era un bribón sinvergüenza atrevido, moldeaba muchas veces a su antojo la moral. Era siempre honesto, pero nunca al momento de decir la verdad, no sabía decir perdón, pero se sospecha lo insinuaba con alguna que otra flor. Era bien conocido como baldomero, que no es lo mismo que ratero, ni vago y mucho menos injusto, en ese molde flexible donde metía la moral, siempre se encontraban restos de justicia. 

Leonel tenía 10 hermanos, eran 11 en total, su familia vivía en un campito a las afueras del pueblo. Tenían una plantación de sandías, vivían de sandías, las vendían repartiendo en una carreta, iban casa por casa descargando, se pasaban las sandías de mano en mano hasta llegar a la mesa de las cocinas de cada casa del pueblo. Las jornadas eran largas, regresaban casi llegada la noche, más rápido que a la ida, los caballos con las patas más livianas y las espaldas de los hermanos, quemadas del sol, aflojándose.

No todos terminaron la escuela, no había mucho tiempo con tanto trabajo, Leonel nunca aprendió a escribir ni a leer, blah blah blah





Pólvora e hijos vendían sandías a casi todo el pueblo, una de las casas que visitaban con frecuencia era la de los García, vivían a cuadras del cementerio, era la casa más lejana, la última casa de la jornada. Como en todas las casas, se pasaban las sandías de mano en mano, desde los Pólvora hasta los García y de los García a la mesa de la cocina, era una mesa amplia, la familia tuvo 12 hijos y luego adoptaron uno, el Gorrión, eran 15 bocas comiendo sandias en una mesa larga de madera de roble. 

Se necesitaron pocas visitas a esa casa para que Leonel se fijara en Sabina, la veía siempre con un rostro tranquilo y prudente, pero todo atorrante sabe identificar a otro, notaba en sus ojos de pájaro una curiosidad tan inquieta que le contagiaba y todo aquel cansancio que arrastraba desde la mañana se le iba luego de verla.

Pidió entonces colocarse al final de la hilera para poder pasar la sandía a los garcía con sus propias manos, esperando que alguna de esas veces fuese a Sabina a quien se la pasase. Pero pasaba el tiempo y aunque los García rotaban el orden de la fila, Sabina nunca era la primera. Luego ya de mes y medio, algo resignado pasó la sandía a unas manos desconocidas, era un muchacho, alto, morocho, y para nada García, el muchacho notó en Leonel un gesto de intriga y entonces se presentó, soy Manuel el novio de Sabina, dijo, Leonel con rostro quieto dijo, Soy Leonel, y le paso otra sandía, esta vez con menos cuidado. 

Volvió esa tarde no con pesimismo ni tristeza ni resignación, tenía las manos llenas de ira y el corazón ardiendo más que ayer, no tenía ya solo palabras de amor y deseo por aquella mujer, tenía también algunas de odio y de traición, tenía palabras de muerte. La racionalidad, habitualmente no habitaba su cuerpo, blah blahb

caminó por el campo con los puños apretados, agarró una vara de pino verde, y llegando al galpón del fondo, empezó a chicotear una bolsa de arpillera llena de cebada hasta romperla, la cebada se derramó como líquida en el suelo y él se dejó caer de rodillas. 














En ningún momento Leonel contempló la idea de renunciar a aquella mujer, las miradas que le lanzaba cada vez que iban a llevarles sandías, eran cada vez menos disimuladas, más ostentosas e imprudentes. Todos los presentes estaban más absortos por el tardo de Manuel, que parecía no darse cuenta de que le estaban ojeando a la mujer, que por las miradas de Leonel.


No había tocado aún las manos de sabina, pero una vez, mirándola a los ojos, plantó en una sandía un beso que aunque aparentaba ternura, estaba llena de rencor, sandía que llegó a manos de sabina y luego a la mesa de su cocina. Esa semana en la casa de los García la sandía se terminó más rápido y llegó un comunicado al campito de los Pólvora, solicitando más. 

Aquella vez, lo primero que vio Leonel, fue a Sabina, era la primera de la fila, él se demostró desde entonces casado, por civil y por iglesia. Se bajó de la carreta y se puso a su lado esperando la sandía que haría que sus manos se tocasen, su mirada imprudente y enrabiada se ablandó ese día, se encontró extrañamente tímido y no pudo decir palabra alguna, pero la sandía llegó y con una lentitud sensata, ni tan lento como para exponer sus intenciones, ni tan rápido como para desperdiciar momento tan importante, el principio de toda su vida. Sus manos se tocaron, y se tocaron de nuevo la próxima vez, y de nuevo la vez siguiente y Leonel aún no podía decir nada, y no era por la presencia casi nula de su novio Manuel, que para entonces estaba ya último tanto en la fila como en la vida de Sabina, si no por la mirada descubierta de mujer tan bella, que había dejado se, ya no se ocultaba tras ese rostro prudente y obediente, lo miraba con ojos cómplices, como dando un sí a una pregunta que él no podía pronunciar. Volvía de la casa de los García sintiéndose un necio, un zapallo, un matungo.


Temiendo que al volver esa mirada cómplice se haya desvanecido y que Sabina cambiara de lugar en la fila, 

Decidió entonces escribirle una carta, claro que como no sabía escribir, tuvo que pedirle ayuda a amigos, varios de ellos habían terminado la escuela y aunque poco atentos eran, tenían cierta noción de las letras y el sonido que a cada una le correspondía. 

Sentados en ronda, en la plaza frente a la iglesia y fumando tabaco como poetas desletrados, escribieron entre todos una carta que consideraron reflejaba claramente las intenciones de su amigo, con una discreción razonable que funcione de amortiguador en caso de ser rechazado y con cierto toque de romanticismo como para no serlo.  

Aunque Leonel ya se consideró casado por civil y por iglesia, los días que le siguieron, acercándose al momento de repartir las sandías de los García, fueron los más lentos de su vida, se escurría entre las maderas de la carreta para faltar a alguna repartija y tirarse en el campo a fumar tabaco, y cerrando los ojos imaginaba la vida con su esposa, y cuántos hijos tendrían y cómo sería la casa que él construiría, y qué forma tendría la estufa y la cabeza de qué animal. colgaría sobre ella y cómo cocinaría sabina y ojalá que cocine bien y seguro que cocina bien. 

Más de una vez su padre lo encontró tirado entre los pastos con esa cara de bobo, lo despertaba de una trompada y lo mandaba a limpiar la caca del gallinero con la pala más chica que había, pero poco le importaba a Leonel cuanto golpe o chicotazo recibiera, la fantasía le anestesiaba el cuerpo, no le entraban ni las balas ni el olor a mierda. 


[dibujo de la carta]




Llega la carta. 


Llegado el día de repartir a los garcía, a Leonel le temblaban las piernas como ternera recién nacida, de los nervios dobló la carta hasta casi hacerla desaparecer, luego la desdobló, la volvió a doblar esta vez con más cuidado y colocando entre los pliegues una pluma de tero, fue un detalle casi instintivo y esperando que la belleza de la pluma se desparramarse por la carta, disimulando lo arrugado del papel. Pero luego de varios años se daría cuenta que Sabina, al igual que un tero, era eléctrica y despierta, que sería cuidadosa con sus pichones, con ojos siempre alerta, curiosos, construyendo su nido al ras del suelo y en campo abierto para sentir el alimento con los pies, y que tendría una voz cada vez más imponente pero no menos suave. 


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